Ken Park (2002)

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El polémico Larry Clark -director de “Kids” (1995)- y el reputado director de fotografía Edward Lachman codirigen este drama, con abundantes escenas de sexo explítico, sobre un grupo de adolescentes que viven en una zona residencial de Visalia, California, en el seno de familias de clase media. Tres chicos y una chica son amigos desde la infancia. Tate comparte casa con sus abuelos y con un perro de tres patas llamado Legs; le gusta intentar estrangularse mientras se masturba y ve partidos de tenis femenino en televisión. Claude vive con su madre embarazada y con un padrastro violento que una noche trata de abusar sexualmente de él. Peaches es una chica encantadora, que vive sola con un padre muy religioso y disfruta atando a su novio a la cama cuando organizan sus juegos eróticos. Shawn es un patinador “punk” que no tiene claro si disfruta más cuando se acuesta con su novia o con la madre de ésta. En cuanto a Ken Park, también practicaba el “skate-board”.

País:  Estados Unidos Estados Unidos

menores


Enlaces:


Trailer:

 

 


Reparto principal:

James Ransone

James Ransone

Tate

Tiffany Limos

Tiffany Limos

Peaches

Maeve Quinlan

Maeve Quinlan

Rhonda

Amanda Plummer

Amanda Plummer

Claudes Mother

Wade Williams

Wade Williams

Claude’s Father

Equipo & Reparto completo


Imágenes y secuencias de la película:


Premios

2002: Seminci de Valladolid: Nominada a la Espiga de Oro.

Críticas
  • Uno de los autores más radicales en la actualidad regresa al mundo adolescente, un universo que ya explorara en 1995 con la película de culto Kids, su obra más personal hasta la fecha, a pesar del carácter documental que contenía. Si en aquella ocasión los padres no disponían del permiso necesario para adentrarse en el mundo de sus hijos, ahora Larry Clark va a indagar en las relaciones que mantienen ambos a través de cuatro familias afincadas en una pequeña localidad de California, donde el sexo y la violencia llenan unas horas que se antojan marginales y nihilistas.
    Larry Clark dota a Ken Park de una frescura especial. La opción de utilizar actores no profesionales eleva las historias a la condición de espejos de una existencia que busca en el sexo una salida, ya sea como píldora curativa, forma de evasión, método de desahogo o vehículo comunicativo. A esto le añade una profundidad y preocupación por sus personajes que ya había mostrado, pero jamás con tanta comprensión y sutileza. Una dócil senda separa el odio del amor, la crítica a la paternidad, de la oda a los niños de la calle, hijos para Larry Clark: la joven reprimida por la obsesión de su padrastro con la religión y el recuerdo de su fallecida esposa; el adolescente psicópata y aficionado al placer extremo; el joven que se tira a la madre de su novia; o el chico con un padre celoso.
    La pena llega cuando el mejor Larry Clark, más loachiano que nunca, traiciona a sus protagonistas, y por añadidura, a sus seguidores. Aparte de algunas deficiencias técnicas más que notables, y varias incoherencias temporales y argumentales – extraño dada su habilidad para el montaje-, el director sucumbe ante el morbo de unas escenas solipsistas que no reciben un posterior desarrollo a la altura de su belleza. Abandona a sus personajes, hipnotizado por la carne, como se abandona a alguien en el altar el día de su boda.
    Como ya hicieran Intimidad, La pianista o Romance X, Ken Park reabre el debate de la censura. Uno pensaba que lo había visto todo en una sala de cine, pero está claro que con tipos como Larry Clark cualquier cosa se puede esperar.
    Se compadece a todos aquellos que vayan a sufrir de mareos, vómitos y temblores, pero también se defiende la libertad de expresión de uno de los directores más comprometidos con mostrar la verdad, sin tapujos, y la realidad, sin miramientos. Se sugiere a todos los padres e hijos que alguna vez hayan deseado, descubrir, y mostrarse, respectivamente, no desaprovechen la oportunidad de acercarse a conocer un retrato muy fidedigno de la comunicación actual reinante entre muchos de ellos, que, aunque sea triste, nos urge revisarla.  La Maga (Filmaffinity)
  • El formato telefilm, con su método abreviado de diseño de realidades (personajes unidimensionales, situaciones prefabricadas, actores de segunda), es de por sí anodino y limitado. Pero aún puede revolverse en su cortedad. Está el trazo grueso.

    Si en el contexto del conflicto generacional (que registra algún que otro suicidio y asesinato) un adolescente tiende a ser agresivo, aparece como un loco furioso que amenaza de muerte a su abuela porque no llama a la puerta del cuarto cuando le lleva la merienda.
    Si unos abuelos, ya mayores, son demasiado indulgentes con el nieto, son presentados como lelos deplorables que no apean de los labios una sonrisa bobalicona.
    Si otro adolescente se siente atraído por las mujeres, una mujer del vecindario (por cierto la madre de su novia) le adiestra en el cunnilingus, que practica con lametones perrunos.
    Si un viudo a duras penas soporta la pérdida de su bella y joven esposa, el pobre lo vive como creyente fanático, alienado y patético, que habla con las fotos y las tumbas y deambula en la inopia.
    Si su hija adolescente recibe una estricta educación religiosa, desarrolla una afición a maniatar a sus amigos en la cama, y a disfrutarlos a pares.
    Un padre que no se lleva bien con su sensible hijo se caracteriza por estar desempleado, beber sin parar, ir de putas callejeras, pasar el día en el sofá ante la TV más ultra o haciendo pesas para bíceps; por pegar a ese hijo y también, ya puestos, por desarrollar hacia él deseos libidinosos.
    Si otro adolescente es retraído a la hora de tratar con chicas de su edad, se ve con sórdido detalle, con pelos y señales por así decir, la modalidad de onanismo a que se dedica.

    Con esta tónica de caricatura involuntaria no se rebasan las formas estereotipadas del telefilm: no hay parodia ni sátira, como con ironía e inteligencia se hace, por ejemplo, en “Very Important perros”. Hay más bien una inversión de esa tendencia edulcorante usual en el formato, que deriva hacia una burda aspereza, una abierta fealdad.

    El planteamiento incluye escenas suplementarias, a modo de póster central desplegable, donde los actores jóvenes aparecen sin ropa y entregados a diversas actividades sexuales, mostradas de forma insólitamente explícita. De pronto convertidos en avezados estudiosos de Malinowski, los adolescentes perfilan la alternativa al mundo penoso que les ha tocado: esas sociedades polinésicas donde los jóvenes se pasan el día sin hacer otra cosa que follar en pandilla. Y mientras hablan, lo ponen en práctica con gran soltura.
    Y eso es todo, en cuanto al futuro. Junto con las drogas y el patín.  Archilupo (Filmaffinity)